EL ÉTER: MISTERIO CÓSMICO 1 PARTE
El Éter era conocido en las antiguas creencias griegas (5000 años
A.C.) como un elemento y se le comprendía como la sustancia brillante que
respiraban solo los dioses, en contraste con el pesado aire que respiran los
mortales.
En la India se conoce el Éter con el nombre de akasha. En la
cosmología sáncrista (± 2500 A.C.) se habla de los pañcha mahā bhūta (cinco
principales elementos), cada uno ocho veces más sutil que el anterior:
1. Eter (akasha)
2. Aire (vaiu)
3. Fuego (agní o
teyas)
4. Agua (apu)
5. Tierra (bhumi o
prithivi)
Esta concepción fue ampliamente diseminada en China e India, donde
forma la base tanto del budismo como del hinduismo.
Para Aristóteles (384-322 A.C.) el Éter era el elemento material
del que estaba compuesto el llamado mundo supralunar, mientras que el mundo
sublunar está formado por los famosos cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego;
que reconocemos hoy día como los elementos terrenales.
A diferencia de los elementos terrenales, el Éter era para
Aristóteles un elemento más sutil y más ligero, más perfecto que los otros
cuatro y sobre todo su movimiento natural era circular, a diferencia del
movimiento natural de los otros cuatro, que es rectilíneo.
En la Edad Media (476-1453), con la recuperación de la filosofía
aristotélica, el aether se consideraba como un elemento hipotético, también
denominado la “quintaesencia” o el quinto elemento de la naturaleza, junto a
los cuatro elementos básicos: fuego, aire, agua y tierra-roca. Esta hipotética
creencia del Éter se concebía así porque se asumía que no era un elemento de
nuestro planeta Tierra pero sí se reconocía como un elemento del Universo.
En la filosofía rosacruz se entiende el Éter como el elemento
cósmico incondensado que mantiene sutilmente interconectados a todos los
cuerpos que conforman el Universo.
Podríamos figurárnoslo como el gran océano cósmico que inunda y
donde flotan todas las estrellas y cuerpos que conforman las distintas galaxias
del Universo.
Ahora bien, la energía del Sol así como la energía de los otros
tantos cuerpos celestes que por su cercanía están más relacionados con el
planeta Tierra y que son principalmente los que conforman nuestra galaxia: la
Vía Láctea, esparcen su influjo a través del éter cósmico pero también reciben
el influjo energético del planeta Tierra. Visto así, en el éter cósmico se
entremezclan lo que podría figurarse como una matriz caótica de energías que
van y vienen y tienen distintas potencias o intensidades vibratorias [todo va y
vuelve al éter].
En el siglo XIX, James Clerk Maxwell (1831-1879) había propuesto
que la luz era una onda transversal (naturaleza ondulatoria de la luz). Como
parecía difícil concebir que una onda se propagase en el vacío sin ningún medio
material que le hiciera de soporte postuló que la luz podría estar propagándose
realmente sobre una hipotética sustancia material, para la que se usó el nombre
de éter (debido a algunas similitudes superficiales con la hipotética sustancia
de la física aristotélica).
En el siglo XIX no había consenso entre los científicos respecto
al éter: algunos pensaban que era inmóvil respecto de las estrellas fijas, pero
otros sugirieron que era arrastrado, total o parcialmente, por los cuerpos en
movimiento debido a las fuerzas gravitacionales. Todas estas hipótesis
presentaban diversas anomalías conceptuales y empíricas que nunca se
resolvieron satisfactoriamente y aún siguen sin resolverse.
Como ninguno de los científicos renombrados de esa época había
logrado demostrar su existencia física, se le atribuían propiedades
excepcionales: llena todo el espacio (expansible), es permeable, absolutamente
transparente a la vista, carente de peso, sin densidad, no ofrece roce
(inercia), condición esta última necesaria porque, de lo contrario, los cuerpos
celestes habrían sufrido impedimentos (fricción) al moverse a través del éter.
Ya que en la Tierra la velocidad de la luz depende de la densidad
del medio en la que se propague, siendo más lenta en medios más densos, se
propuso que el éter habría de tener una densidad ínfima y un gran coeficiente
de elasticidad. Esta explicación estaba presente en los tiempos de la
formulación de la Teoría del Campo Electromagnético por Maxwell (1831-1879),
Lord Kelvin (1824-1907) y Nikola Tesla (1856-1943), en la que el concepto de
éter se aceptaba “tranquilamente” y así como el novedoso concepto de campo
electromagnético que explica que los fenómenos de electricidad, magnetismo e
incluso luz no son más que modificaciones o alteraciones de las fuerzas de los
electrones.
En 1887, Albert Abraham Michelson (1852-1931) y Edward Morley
(1838-1923) diseñaron un experimento con dos objetivos principales: primero
probar la existencia del éter y segundo medir la velocidad la luz en función al
movimiento de traslación de la Tierra para ver si se encontraban diferencias.
Su hipótesis fundamental era que el efecto del éter sobre las ondas de luz,
sería como el de la corriente de un río sobre un nadador que se mueve a favor o
en contra del desplazamiento del nadador. En algunos momentos el nadador sería
frenado, y en otros impulsado. Esto es lo que se creía que pasaría con la luz
al llegar a la Tierra con diferentes posiciones con respecto al éter: debería
llegar con diferentes velocidades, considerando además que el éter tuviese un
movimiento circular y espiral similar a las ondas que se forman cuando se lanza
un objeto en el agua.
El punto aquí era que así como la propagación de las ondas de
radio, se ve afectada por alteraciones en la atmósfera o las ondas eléctricas
no se propagan a igual velocidad a través de diferentes materiales, así
entonces la velocidad de la luz debía variar en las diferentes estaciones del
año donde el éter que rodea la Tierra variaría de acuerdo a su cercanía o
lejanía con respecto al Sol dado que la trayectoria de traslación de la Tierra
es elíptica y no circular: esto era el supuesto del experimento de Michelson y
Morley.
El problema para la época era que la diferencia de velocidades se
encontraría en el orden de la millonésima de un segundo. Sin embargo,
Michelson, muy experimentado con la medición de la velocidad de la luz, ideó un
artefacto el interferómetro (que empleaba espejos y luz monocromática) para
medir la velocidad de la luz en diferentes medios y con una fuente a diferentes
distancias y lo suficientemente sensible como para determinar diferencias
infinitesimales y poder llegar así luego a determinar la densidad del éter.
Tanto Albert Einstein (1879-1955) como el Dr. Krumm-Heller,
esperaban ansiosos los resultados de este experimento pero para propósitos
diferentes. El Genio quería saber el dato exacto de la velocidad de la Luz, y
el Maestro aspiraba a que se demostrase finalmente la existencia del éter.
Tras miles de intentos Michelson y Morley obtuvieron resultados
negativos: es decir, obtuvieron que la velocidad de la luz es constante e
invariante de acuerdo a lo que se creía en ese momento de que la densidad del
éter variaba si estaba más cerca o lejos del Sol. Es decir, descubrieron otra
cosa que no fue lo originalmente investigado. Evidentemente sus supuestos
estaban errados.
Para satisfacción de A. Einstein, el dato de la velocidad de la
luz resultó estadísticamente exacto y lo tomó como antecedente para formular en
1905 su famosa Teoría Especial de la Relatividad.
Lo curioso de esta historia es que a A. Einstein en realidad no le
importaba si el éter existía o no, para él seguiría siendo un concepto
hipotético e irrelevante en tanto no se encontrara su naturaleza física y
mecánica.
Para A. Einstein era suficiente reconocer las propiedades del
campo electromagnético, pero lo que más le importó de este experimento fue la
medición de la velocidad de la luz que realizaron estos científicos y la
comprobación de que era una constante, porque con este dato pudo resolver
matemáticamente su famosa ecuación:
De acuerdo a la definición de A. Einstein: la Luz, como las otras
radiaciones del espectro solar como por ejemplo rayos gamma, rayos infla-rojos,
rayos ultra-violeta, etc; no son otra cosa que una vibración del campo
electromagnético que rodea nuestro planeta Tierra y no vibración del éter, por
lo que no había necesidad de recurrir a ningún medio para explicar su
propagación. Un haz de luz emitido por el Sol tarda aprox. 8 minutos en llegar
a la Tierra y viaja a una velocidad de 3x108 metro/segundo que es lo mismo a
9,46·1015 metro/año; la segunda cifra es la usada para definir al intervalo de
tiempo-espacio llamado año-luz.
Es conveniente aclarar que si bien para su famosa formulación A.
Einstein prescinde de la existencia del éter, nunca descartó que el éter no
existiera, simplemente no le hizo falta para realizar su planteamiento; es decir, no fue ni enemigo del término ni
mucho menos del Dr. Krumm-Heller.
El Dr. A. Krumm-Heller, lamentaba la posición escéptica de A.
Einsten respecto al éter; sin embargo, ya preveía que los partidarios de la
Teoría de la Relatividad tarde o temprano y a través de ésta reconocerían la
existencia del Éter como la sustancia que llena todo espacio vacío en el
Universo.
No obstante, la palabra éter ha permanecido en uso. Aún hoy se
suele leer, por ejemplo, transmisiones por cable, transmisiones por microondas
y transmisiones por “ether” (la ethernet que vemos encendido en los modems): se
trata de un uso utilitario sólo para distinguir tipos diferentes de
canalización de una señal.
Campo Electromagnético de la Tierra
Ahora bien, en este siglo XXI pasados ya cien años a la
formulación de la teoría de la relatividad, la cosmología moderna está retomando
el tema del Éter pero con una concepción superior a la de elemento. Este
antiguo término, está siendo empleado por los físicos modernos para referirse a
la quintaesencia como una forma hipotética de Energía que se postula para
explicar las observaciones del universo en expansión acelerada.
La quintaesencia sería un tipo de energía del vacío con una
ecuación de estado de la forma P = ω x D donde P = presión, D = densidad y ω =
constante; lo que la hace una posible
candidata para la energía oscura que se está propagando de manera acelerada y
está llenando los espacios vacíos del Universo y que está conllevando a su
expansión o crecimiento.
Algunos teóricos piensan que la energía oscura y la aceleración
cósmica son un fallo de la Teoría de la Relatividad en escalas muy grandes. Ya
que sería una tremenda extrapolación pensar que la Ley de la Gravedad, que
funciona tan bien en el sistema solar, debería trabajar sin corrección a escala
universal. Se han realizado muchos intentos de modificar la relatividad general;
sin embargo, han resultado ser equivalentes a las teorías actuales de la
quintaesencia.
Según estimaciones recientes, resumidas en el gráfico de la NASA
que se muestra a continuación, alrededor del 70% del contenido energético del
Universo consiste en energía oscura o éter, cuya presencia se infiere en su
efecto sobre la expansión del Universo pero sobre cuya naturaleza última no se
sabe casi nada.
La naturaleza exacta de la energía oscura es una materia de
especulación. Se conoce que es muy homogénea, no muy densa, y no se conoce la interacción con ninguna de las fuerzas fundamentales mas que la gravedad. Como
no es muy densa, unos 10−29 g/cm³, es difícil de imaginar experimentos para
detectarla en laboratorio. La energía oscura sólo puede tener un profundo
impacto en el Universo, ocupando el 70% de toda la energía, debido a que por el
contrario llena uniformemente el espacio vacío. Los dos modelos principales son la quintaesencia y la constante cosmológica.
Trabajos teóricos recientes como los del físico Hong Sheng Zhao
(2007) de la Universidad de St. Andrews en Escocia, en un intento de incorporar
en un único marco teórico la materia oscura y la energía oscura postulan que "una energía oscura similar a un fluido puede comportarse como materia oscura si
alcanza una densidad lo bastante alta", afectándose así la velocidad a la que
pueden rotar las galaxias y explicando así los datos erráticos que se están
obteniendo con respecto al surgimiento de nuevas galaxias.
Esta idea similar a la del Éter reforzarían la Teoría de la
Plasmogenia propuesta por el Dr. Alfonso L. Herrera (1868-1942) que proponía al
Éter como “causa causarum” de todo lo que existe, en el sentido que una
modificación o densificación progresiva de la energía bruta termina por
condensarse o decantarse en materia o plasma, para luego evolucionar de materia
inanimada a materia viva.
Los estudios actuales de otras galaxias están revelando que la
velocidad de rotación de las mismas es uniforme e independiente de la distancia
al centro de giro. Esto constituye un hecho no esperado ya que tanto la teoría
newtoniana como de la relatividad general sugieren que la velocidad de giro de
rotación debe decrecer a medida que aumenta el distanciamiento del centro. Así
por ejemplo, en el sistema solar los planetas más cercanos al Sol orbitan a
mayor velocidad que los más lejanos.
Dichos datos anómalos en la teoría convencional han llevado a
diversos intentos de solución tan curiosos como la propuesta por Mordehai
Milgrom en 1981 en la llamada Teoría Modificada de la Dinámica Newtoniana
(Modified Newtonian Dynamics) reciente teoría que propone una modificación de
la segunda ley de Newton para explicar el problema de la velocidad de rotación
de las galaxias de manera alternativa a la materia oscura.
Continuara...
Análisis y aportes para la interpretacion del concepto como base para el estudio de los tatwas del libro " El Tatawametro" por el Dr. Arnold Krumm Heller.
Realizado por Hmna. Arcturo
Análisis y aportes para la interpretacion del concepto como base para el estudio de los tatwas del libro " El Tatawametro" por el Dr. Arnold Krumm Heller.
Realizado por Hmna. Arcturo
Lic. Victoria Morales Rondón.






Comentarios
Publicar un comentario